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JOSE WATANABE




POEMAS (2)
 

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Esta es la segunda página de poemas.


Diatriba contra mi hermano próspero

Mi hermano el próspero
sumergido en su sofá versallesco
preludia
             como elefante en suave regocijo
su siesta.
Mira el mar en la falsa profundidad de la pecera
y organiza la tarde como si fuera un negocio.
Sólo oigo girar la rueda de la fortuna
cuando me acerco sigiloso para mirar a través de su ojo
y el caracol que nos anunció el mar que desconocíamos
se ha convertido
             en cornucopia.
Lo rodea un aire robusto, un aire de torre gorda
             y menos que gusano soy
ante la concurrencia de parientes y público en general.

A veces pienso en mi padre
                que nos aguarda a todos entre la niebla
bebiendo el licor de las botellas vacías,
seguro se alegra
              seguro me invita un trago
si le arribo sin chequera
y de todos el más escaldado.

De Album de familia

            


El anónimo (alguien, antes de Newton)      

Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.
Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.
Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.

De El huso de la palabra





Resurrección de Lázaro

El poder de su voz venía del convencimiento
de que él era Él,
y así llegó hasta tu sello de piedra
para ordenar que tus carnes entraran nuevamente
                                en el tiempo.

Y ahora limpia el atroz perfume de la muerte
en agua clara y fresca: lava tus largas vendas
en la corriente del río
como los pobres desaguan los interminables intestinos de ganado
que guisan y comen,
              y luego enróllalas
              y guárdalas.

Sé, pues, precavido
porque nadie sabe hasta cuándo durará el terrible
                                        milagro.
Él dijo que te levantaras y no dijo más, ninguna promesa.
              Tal vez solo tienes apurados días
para contemplar con tus ojos de carne rediviva
a tus hermanas comiendo pan y mollejas.

Debo decirte, Lázaro,
que aquí en Betania ya no tenemos noticias del Milagroso.
Sin profetas nos sentimos muy solos.

Cuando retornes a tu sepulcro
no volverás a escuchar
su voz impertinente detrás de la piedra.

De Habitó entre nosotros




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